De novatos y veteranos en la vida
Sin demasiada poética estaba caminando por la calle en esa ciudad
Creo que era una ciudad un poco vacía; a pesar de que había demasiadas personas, no había demasiado ahí. Estaba algo gastada, como pausada, cansada de la rutina. Los turistas y la crisis debían haber agotado las energías de los locales.
Lo que más podía encontrar eran niños, en las veredas, en los juegos, en la arena. Eso un poco me perturbaba. Qué problema tendría yo con los infantes? No podía entenderlos quizás. Me olvidaba de que alguna vez también lo fui, o tal vez no quería recordarlo. Por momentos me resultaban un poco incomprensibles. Por otros, sentía que todavía podía razonar como uno de ellos; quizás por eso no me simpatizaban tanto. No los miraba con demasiada ternura. Comienzo a pensar que me sentía simplemente una infante más.
Viéndolo en perspectiva, me identificaba con su forma de mirar a su alrededor. Esa ilusión, esa creencia en las magias que existen y nos envuelven. Yo sabía muy bien que esa inocencia se corrompió alguna vez en mi, provocando el momento de transición más duro de mi adolescencia.
Lo que en realidad me agradaba era que tiempo después de reconocer al mundo y entender todas las complicaciones que existían en el, o más bien los acontecimientos que suceden por el hecho de que somos humanos transcurriendo en la vida, ese pensamiento cargado de belleza resurgió en mi. Crei y creo que no podría vivir sin eso. Me di cuenta que no sobreviviría si en mi interior no fuese una criatura.
Supongo que a cualquiera al que le interesara luchar por una realidad mejor, le pertenecería esta energía incansable y esperanzadora, de querer transformar lo que una vez nos habían implantado como natural, por lo que quienes ya perdieron esa mirada combatieron hasta al fin resistir.
Eso me hace recordar que tampoco me agradan los adultos. En algún punto los considere un misterio, pero hoy solo puedo verlos como gente que se rindió. Me cuesta descifrar esa capacidad que poseen para vivir miserablemente sin alterarse. Sería injusto de mi parte no suponer que alguna vez tuvieron el espíritu juvenil, de hecho, seguramente así lo fue. Pero me cuesta creer que habiendo conocido esa sed de vivir hayan decidido alguna vez abandonarla.
Sé que sigo siendo injusta, a veces te la arrebatan. Quizás el paso de los años la va gastando al igual que a la ciudad en la que iba caminando aquel día.
Esta observación no en su totalidad es una crítica, si no más bien, una descripción de los fenómenos que me generan dolor. Y por qué no, un poco de temor? No quisiera en veinte años convertirme en todo aquello que desprecié. Sé que mientras siga escribiendo voy a estar al menos tratando de evitarlo.
Creo que era una ciudad un poco vacía; a pesar de que había demasiadas personas, no había demasiado ahí. Estaba algo gastada, como pausada, cansada de la rutina. Los turistas y la crisis debían haber agotado las energías de los locales.
Lo que más podía encontrar eran niños, en las veredas, en los juegos, en la arena. Eso un poco me perturbaba. Qué problema tendría yo con los infantes? No podía entenderlos quizás. Me olvidaba de que alguna vez también lo fui, o tal vez no quería recordarlo. Por momentos me resultaban un poco incomprensibles. Por otros, sentía que todavía podía razonar como uno de ellos; quizás por eso no me simpatizaban tanto. No los miraba con demasiada ternura. Comienzo a pensar que me sentía simplemente una infante más.
Viéndolo en perspectiva, me identificaba con su forma de mirar a su alrededor. Esa ilusión, esa creencia en las magias que existen y nos envuelven. Yo sabía muy bien que esa inocencia se corrompió alguna vez en mi, provocando el momento de transición más duro de mi adolescencia.
Lo que en realidad me agradaba era que tiempo después de reconocer al mundo y entender todas las complicaciones que existían en el, o más bien los acontecimientos que suceden por el hecho de que somos humanos transcurriendo en la vida, ese pensamiento cargado de belleza resurgió en mi. Crei y creo que no podría vivir sin eso. Me di cuenta que no sobreviviría si en mi interior no fuese una criatura.
Supongo que a cualquiera al que le interesara luchar por una realidad mejor, le pertenecería esta energía incansable y esperanzadora, de querer transformar lo que una vez nos habían implantado como natural, por lo que quienes ya perdieron esa mirada combatieron hasta al fin resistir.
Eso me hace recordar que tampoco me agradan los adultos. En algún punto los considere un misterio, pero hoy solo puedo verlos como gente que se rindió. Me cuesta descifrar esa capacidad que poseen para vivir miserablemente sin alterarse. Sería injusto de mi parte no suponer que alguna vez tuvieron el espíritu juvenil, de hecho, seguramente así lo fue. Pero me cuesta creer que habiendo conocido esa sed de vivir hayan decidido alguna vez abandonarla.
Sé que sigo siendo injusta, a veces te la arrebatan. Quizás el paso de los años la va gastando al igual que a la ciudad en la que iba caminando aquel día.
Esta observación no en su totalidad es una crítica, si no más bien, una descripción de los fenómenos que me generan dolor. Y por qué no, un poco de temor? No quisiera en veinte años convertirme en todo aquello que desprecié. Sé que mientras siga escribiendo voy a estar al menos tratando de evitarlo.
Comentarios
Publicar un comentario